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jueves, 30 de agosto de 2007

Un lugar lleno de vida


Mi pueblo es una ciudad (o mi ciudad es un pueblo) y eso se nota en cantidad de pequeños detalles "rurales". Son detalles de vida. Una vida que se abre camino de un modo que sería impensable en una auténtica urbe.

Esta mañana he salido a hacer un recado y me he encontrado, en la calle del Obispo, con una niña pequeña que jugaba con algo que había en el suelo. Como soy curioso por naturaleza me he acercado inmediatamente. Con los niños da gusto, no hay recelo ante un desconocido. Estábamos en el hall de entrada a una elegante tienda de ropa del centro de mi... digamos ciudad. La niña, seguramente la hija de la propietaria, observaba entusiasmada los pasos de un enorme insecto verde que se paseaba, en apariencia tranquilamente sobre, el felpudo pijo de acceso al local.

No creo que el bicho en cuestión estuviera pensando en comprarse ropa; su capa natural, de un delicado verde hierba, era de una elegancia inmejorable.

"Es una mantis religiosa" le he dicho a la nena que la seguía observando con sus enormes ojos marrones. "Después de hacer el amor se comen al macho", le he comentado todo interesado.
La niña ha hecho un mohín como si de repente hubiera descubierto que su mejor amiga del colegio es una criminal. Un poco arrepentido de mi falta de delicadeza, he proseguido camino no sin antes decirle: "No la mates, eh?".

Ella me ha mirado como si estuviera loco... ¿Como se me había podido ocurrir semejante idea? Entonces yo me he ido, un tanto cortado, pensando que la pobre niña estaba allí tan tranquila hasta que llegué yo con mis historias de sexo y violencia...
Sigo mi camino hacia el supermercado, porque es que yo iba a comprar papel higiénico, por qué negarlo...(primero sexo, luego violencia y ahora me pongo en plan escatológico! Llevo un día...).
En esas estamos cuando justo antes de entrar, me encuentro con una perra dálmata que se llama Friky (me conozco a casi todos los perros del lugar). Está olisqueando al pie de un semáforo.
Me acerco también esta vez a mirar, porque los niños y los perros siempre son buenos indicadores de historias interesantes, sobre todo para quienes cultivan el alma del niño eterno, como proponía Tagore.

Precisamente a eso me dirigía cuando he visto que lo que atraía a la Friky era un caracol de buen tamaño que estaba adherido al poste. No sé que hace un caracol trepando por un semáforo a la una del mediodía de un día, no muy caluroso debo reconocerlo, de finales del mes de Agosto... pero desde luego no me pareció una mala señal.

Un semáforo en la gran ciudad estaría cubierto por ese fino polvillo de contaminación que lo recubre todo. Creo que no sería un lugar colonizable por ningún molusco... (son los caracoles moluscos??). Este, en cualquier caso, casi parecía haber confundido el semáforo con un árbol.

Ya he comprado el papel, es una papel que desarrolla... "un papel" muy importante en nuestras vidas (o tal vez debí decir desenrolla)...

Y me vuelvo para casa pensando en estos y otros pequeños detalles de fauna pirenaica-urbana: como el búho del Paseo de la Constitución que los ingleses vienen a observar y escuchar las noches de verano; o las garduñas, "fuinas" como las llamamos en Aragón, que se esconden debajo de los coches (junto a la Ciudadela, en pleno casco urbano de Jaca) como si fueran gatos, esperando el momento de salir corriendo hacia el contenedor de basura de la esquina. Están además los milanos reales que se llegan a posar en el suelo de los glacis, ese césped de prado natural, que rodea a la misma Ciudadela.
También pienso en los buitres que a veces se mecen planeando con la brisa de ladera a escasos metros del paseante, en el lugar que aquí llamamos el Rompeolas (aunque desde la desaparición del antiguo Mar de Tetris no haya roto ni una triste ola por aqúí).

Y llego a casa y poco antes de "desenrollar mi papel" como ser humano que soy, me digo a mí mismo que estos ejemplares de fauna salvaje constituyen un auténtico marcador ecológico. Sí, lo mismo que la proliferación de líquenes (que es sabido que confirman la pureza del aire) en mi balcón.
Me planteo si la presencia de estos y otros animales, no serán el elemento definitivo para medir la calidad de VIDA en una ciudad o un pueblo (un ecosistema urbano o semiurbano). Quién mejor que el resto de los seres vivos para corroborarlo. Habiendo este nivel ecológico, el resto de elementos que conforman nuestra calidad de vida sospecho que vienen por añadidura...
Está claro que en el caso de mi pueblo, aún no hemos perdido el norte en cuanto a la calidad de su aire y de su entorno. Pero no hay que bajar la guardia porque la amenaza está ahí.

Ahora ya, muy satisfecho de estas reflexiones me dirigo a estrenar el papel y a devolverle a la naturaleza lo que es suyo... y es que yo también tengo derecho a estar... lleno de vida.
Carlos Marcos © 2007

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