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lunes, 17 de septiembre de 2007

T. S. Elliot y el picapedrero chino.

En la película "A love song for Bobby Long" el protagonista, interpretado por John Travolta, recita unas palabras de reconocimiento a su hija.
En ellas cita al premio nobel de literatura norteamericano T. S. Elliot: "No dejaremos nunca de explorar... y al final de toda nuestra exploración, llegaremos de nuevo al punto de partida y entonces lo conoceremos por primera vez."

A mí esto me hace pensar en los años que pasé como alpinista , escalando y a veces jugándome la vida, para al final descubrir que tal vez la felicidad que buscaba estaba en todos los procesos sencillos que yo despreciaba en aquella época.
Ahora he vuelto a vivir una vida "normal" en la que hacer deporte, leer, ver una peli o estar en buena compañía, lo que desde luego debe incluir también estar solo... pueden resultar el colmo de la realización.

La inmensa mayoría de los maestros espirituales, nos enseñan que tras la aventura del autoconocimiento, el crecimiento personal, la meditación y todos los maravillosos viajes interiores o exteriores en los que nos embarquemos, al final, antes o después, se impone una vuelta a la "realidad", a la rutina del mundo cercano... a hablar con nuestros vecinos.

¿Pero por qué después de todo lo aprendido no queda más remedio que volver para aplicar nuestra sabiduría a lo cotidiano?
Seguramente porque esto nos da la oportunidad de poder compartirlo...

La cita de T. S. Elliot, acababa diciendo que "...entonces lo conoceremos por primera vez". En efecto, al llegar de nuevo al punto de partida, ya nunca nada será igual que antes. Somos nosotros los que hemos cambiado y por tanto la realidad que percibimos es completamente diferente.

Supongo que cuando vuelves de la exploración vienes como un comerciante que llega de una antigua ruta con las alforjas llenas. Como si hubieras hecho tu beca Erasmus y ya "supieras vivir" y volvieras para demostrarlo; y vives el redescubrimiento de todo a través de unos nuevos ojos, los de la aceptación del mundo y sus gentes.

Es imposible llegar a vivir todo esto sin antes haber partido, aquellos que nunca abandonaron su seguridad jamás crecen lo bastante para apreciar realmente lo que tienen, no pueden apreciarlo sin haberlo perdido antes...

Sólo arriesgándose a perder, se gana. Y después de cada ganancia hay que arriesgar otra vez, porque si no, te estancas y más que un viaje interior, la vida es quizá una sucesión de escapadas y sus respectivas vueltas a casa...

Tradicionalmente, en el mundo oriental, la forma como se escapa es la meditación, pero los occidentales habitualmente necesitamos arriesgar: perder todas nuestras referencias vitales, familiares... (o bien enfermar gravemente) para llegar a ese estado de revalorización de nuestra vida. Una doctora norteamericana llegó a decir que la forma de meditación del occidental es la enfermedad...

Esa "revolución" (esa vuelta completa que damos en nuestra vida) resulta, necesariamente, REVOLUCIONARIA: Produce el encuentro por fin con la felicidad (que no la euforia). Además nos da la comprensión clara de que la verdadera felicidad no depende tanto de lo que hacemos, dónde lo hacemos, etc... como de nosotros mismos y de nuestra capacidad de enfocar las cosas con sabiduría y serenidad, en definitiva de valorarlas lo suficiente como para ser felices.

No existe nada más espiritual en esta vida que el día a día vivido felizmente.

¿Recordáis aquel picapedrero chino del cuento? El que, no contento con su suerte, le pide a Dios que le convierta en un rey (y Dios así lo hace), y luego prefiere ser el sol, luego ve que es mejor ser nube, y aún descontento, prefiere ser viento, pero aún le parece más fuerte ser una montaña de roca... hasta que un día aparece un picapedrero y empieza a clavar el pico en su costado... entonces él quiere ser de nuevo... Picapedrero!
La diferencia entre este picapedrero que está de vuelta y aquel otro del principio del cuento, reside en que el primero ya no desea ser otra cosa que lo que es... gracias a la aceptación (que no resignación) que produce el amor.



Carlos Marcos © 2007

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